28 diciembre, 2020

Homenaje a Don Lucio Campos y La Compañía

Les compartimos estas palabras de Jorge Llano, fundador de Transformación Humana, en homenaje a Don Lucio Campos.

En estos días he tenido sueños muy reveladores. En uno de esos Don Lucio Campos me regañaba porque muchos no lo conocían y entonces me dijo “Jorge, ¡deja que la gente me conozca a tu lado! Y yo “está la película de los Guardianes de los Cuatro Vientos”, “¡pues ponla!”

Es cierto. Año tras año he estado cumpliendo y reafirmando la promesa que le hice a Don Lucio, un compromiso que se esté como se esté, se cumple, con humildad y dándolo todo. Así es cómo se ha ido formando la compañía, gente creyente, con el único requisito para mantenerse de ser nadie, nada,desaparecer, solo servir. Servir y dar en secreto, amar en silencio, acompañar nuestros enfermos y a nuestros muertos.

Película: Los Guardianes de los Cuatro Vientos

Hermoso documental que nos permite escuchar la voz de Don Lucio Campos y la compañia de los Graniceros, así como también la voz de otros mayores como el capitán Andrés Segura, quienes nos comparten algo de su mundo y su sabiduría.

Cada año por 34 años estamos cumpliendo las promesas de los mayores, de los viejos curanderos (que ya trascendieron);  se ha ido de peregrinaje a cambiar la piel a través de las espinas del desierto de Wirikuta cumpliendo la promesa de sanadores.  Se ha inflorado la cruz que Don Lucio nos dio para cuidar la compañía y se ha mantenido también viva la enseñanza de Claudio Naranjo y la de todos nuestros Maestros. Hoy aparecen muchos nuevos chamanes y curanderos en la línea de llegada, ¡pero solo pocos han hecho el camino desde atrás!

Entonces sentí un único Guru Yoga de espíritus sirvientes y vi a nuestra gente, viva y muerta, alineada, encontrándose con la de Claudio y sus energías espirituales uniendo caminos.

Jorge Llano

Sobre Don Lucio Campos y el linaje de La Compañía

“…Don Lucio Campos era el mayor de los chamanes temporaleños del centro de México, un ex mariachi y lujurioso campesino, que después de estar tres años en coma gracias a ser fulminado por un rayo, renació al mundo como curandero y guardián de la tradición de los graniceros de Centroamérica. El rayo no solo le cambio la vida, lo dejó en un estado de ensoñación y vigilia que le permitía, desde estos dos mundos, entrar en curación y visitar en sueños a los enfermos y los necesitados para socorrerlos; también entendía los pensamientos de las personas y se encontraba con sus muertos y los finados de sus clientes. Don Lucio, además de los dones del rayo, recibió el linaje secreto de su Compañía y de los escobadores de las nubes, sus lugares sagrados y la dirección de los cúmulos, y luego con los años heredo también la dirección de la Compañía.

La Compañía estaba formada del lado invisible por curanderos muertos y pequeños hombres y mujeres viejitos, como duendes, llamados escobadores y temporaleños, que viajaban con las nubes, llevando sus bastones de rayos y truenos; del lado visible La Compañía nos tenía a nosotros, sus aprendices y sirvientes, también atravesados por el rayo. Todos, vivos y muertos, visibles e invisibles, teníamos la tarea de mantener el equilibrio energético y climático del centro de México, para asegurar las cosechas, la curación, el orden, y el alma misma de la región…

Don Lucio era uno de los últimos náhuatl, un hombre viejo, macizo como el roble, fuerte e incansable en las caminatas; tenía un enorme corazón y también una gran fuerza y poder sanador y, así mismo, un poder destructivo de enojo: si alguien se desviaba del bien o se dejaba pringar del diablo, esa persona recibía toda la fuerza de su rayo…

…El cuartel general de La Compañía era una habitación grande a la entrada de la casa de la familia Campos, un lugar donde el cielo se juntaba con la tierra y la vieja brujería; la mexicanidad con el catolicismo…  Don Lucio era un hombre rico, dicen que antes del rayo que lo dejó en coma era un hombre pobre lleno de ambiciones y caprichos sociales, aficionado a los gallos de pelea y a las cantinas y a las mujeres. Pero cuando despertó del rayo, ya no le interesó el mundo como antes, se alejó del alcohol y su guitarra la cambió por un sahumador de copales e inciensos. A las mujeres nunca renunció del todo, aunque solo las podía ver de reojo para evitar que la mayora, su esposa doña Febronia, lo moliera a palo; eso sí, cuando se podía, a hurtadillas como un niño travieso, él se les arrimaba y si le daban el chance, las engatusaba con misteriosos masajes o sobaduras y descuajes y empachos para algún mal. ¡Don Lucio no era un santo, gracias a Dios! Tenía la enorme lujuria de encontrar a Dios…”

Jorge Llano (2015).

Los tres llamados del Alma. Primer llamado: al  Servicio.

pp 91-95. Barcelona: Ediciones La Llave.

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